Maquetación: ¿De qué estamos hablando? (I)

Visión histórica del oficio de maquetar

Muchos recién incorporados al mundo del diseño, incluso algunos técnicos del propio sector de producción gráfica, piensan que la maquetación es algo que se inventó hacia 1990, y que nació de la mano de programas informáticos como Aldus PageMaker o QuarkXPress. Piensan que los libros antes los hacían los cajistas e impresores y que la maquetación como tal no existía. Piensan, por tanto, que a diferencia de muchos otros oficios del sector, la maquetación es un apartado recién llegado a la cadena de producción.

No saben hasta qué punto se equivocan.

A fin de dignificar este gran oficio, hablemos un poco del significado histórico de este trabajo tan fascinante, tan desagradecido a veces pero tan satisfactorio cuando las cosas salen bien.

Concretando en lo posible, una definición más o menos objetiva de la labor que hace un maquetador sería la siguiente:

La maquetación, maquetar, puede entenderse como el proceso de tomar un conjunto aleatorio de textos, fotos, títulos, ilustraciones, pies de foto, nombres de secciones, etc. y construir con ellos un diseño global estructurado, de modo que se pueda leer de modo secuencial (libro) o aleatorio (revista), manteniendo una coherencia y siguiendo un orden lógico, y utilizando recursos gráficos para distribuir los diferentes elementos en función de su importancia.

Normalmente, aunque no siempre, el proceso también supone dar al conjunto una estructura que pueda ser publicable en un volumen físico, impreso y encuadernado, por lo que la maquetación tiene una relación muy grande con las artes gráficas. Además, en los últimos años también se relaciona, y cada vez más, con los soportes de páginas web y libros electrónicos.

A fin de comprender el ámbito de esta actividad, debemos saber que, aunque parece una profesión relativamente nueva, no lo es tanto.

En realidad, lo único nuevo es el nombre (maquetación, fotocomposición, diagramación) y la herramienta que se utiliza (el ordenador o computadora). Es sabido que el trabajo de componer libros es casi tan antiguo como la medicina, ya que como mínimo tiene varios milenios de antigüedad, aunque no lo llamaran maquetar.

Ejemplos de esta antigüedad tenemos muchos: el Libro de los Muertos egipcio, los volúmenes cilíndricos de la antigua biblioteca de Alejandría o el original del Tao Te King son textos que alguien ha tenido que organizar y distribuir sobre una superficie (papiro, rollos, hojas de bambú, pergamino, tabla, papel, mármol, barro cocido, etc.).

Más aún, en muchos de estos casos ya se había desarrollado una cierta preocupación (y a veces muy elaborada) por cosas como el reparto del espacio, la legibilidad, la ventaja de la colocación en columnas, el sentido estético de la composición o la utilidad de intercalar ilustraciones explicativas, cosas perfectamente vigentes en cualquier manual de composición o diseño gráfico actual.

Pues bien, estas inquietudes, las mismas que a todos los actuales diseñadores y maquetadores nos hacen sufrir y sudar, nos hermanan con aquellos pioneros y por tanto de ellos y de sus hallazgos recibimos y apreciamos una gran herencia. Pero el maquetador, ante esa herencia, no muestra ni ignorancia ni adoración, sino que la asume, y parte de ella como cimiento para construir un oficio.

Así, cualquier técnico que trabaje componiendo con textos e imágenes tanto en prensa como en edición, tanto cuentos infantiles como revistas de moda, páginas web o libros electrónicos, cuando se encuentre delante de unos jeroglíficos egipcios o unas tablillas con grabados cuneiformes, es más que probable que se imagine al olvidado artesano en su fatigoso proceso de elaboración y que en él vea (como en el escriba, en el copista, en el amanuense, o en la admirable figura del editor-fundidor-impresor del Renacimiento), sencillamente, a un antiquísimo colega, a un anónimo compañero de profesión.

Fernando Salgado, profesor de maquetación y diseño gráfico en Cálamo&Cran Madrid

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