Teología informática. Ritos de culto en la tecnología de la información

El ordenador (o, en general, la informática) ha tenido siempre una significación muy grande como elemento religioso. Muchos usuarios niegan ese hecho, pero un recorrido rápido que abarque sus distintas épocas, formas y usos hace que esa conclusión sea muy evidente.

Época 1. Inicios.

Ordenadores como locomotoras. El ordenador como monstruo sólo accesible para muy pocos iniciados, como una central nuclear. Acceso reservado, capacidad asombrosa pero cierta fragilidad estructural, manipulación delicada, respeto-reverencia, sumisión. Implicación de grandes equipos humanos con un fin último, como en la construcción de las pirámides, las catedrales o los mohais de la isla de Rapa-Nui.

Actitud ambivalente: la idea del “ordenador-dios” que requiere gran dedicación, tótem que exige esfuerzos y sacrificios y del que se espera que otorgue resultados, frente a la idea de ser los “humanos-dioses” que son capaces de crear seres tan poderosos, como síndrome de Frankenstein que admira a su criatura pero desconfía de ella.

En realidad ambas ideas son dos aspectos de lo mismo: un tótem que representa al dios también fue esculpido por los humanos, es una obra humana, aunque suponga una entidad sagrada y de cuya aquiescencia no se está muy seguro.

Época 2. Desarrollo.

A. Ordenador como máquina individual. Popularización de la informática. El ordenador como elemento doméstico algo misterioso pero muy poderoso, proporcionador de información, de trabajo, de resultados.

B. Ordenador como red. Internet. El ordenador como ventana al mundo, como  surtidor global de información. Activo, en oposición a la televisión (ventana de uso pasivo), lo que la supera y la reemplaza.

En ambos, el ordenador como presencia ante la que postrarse para adquirir resultados y conocimiento, requiriendo gran atención y dedicación.

La informática, como todo gran credo, pasa a ser colectivo, difundido. Ningún hogar sin ordenador, ninguna casa sin fe. Gran paralelismo con un altar, donde oficiar los rituales de nuestro credo: para manejarlo debemos aprender los programas (el oficiante ha de estar autorizado para oficiar) porque si no, puede manipularse incorrectamente y borrar o desconfigurar algo esencial (cometer blasfemia), lo encendemos (iluminamos el ara con cirios), manipulamos teclado, ratón, impresora, escáner (procedemos al ritual físico de los oficios), lo observamos atentamente durante horas (actitud receptiva de oración), a veces hace cosas raras o se cuelga (la deidad no está satisfecha con nosotros, nos castiga), le instalamos componentes y programas (le hacemos ofrendas), obtenemos datos y documentos (nos otorga gracias), lo apagamos al terminar (apagamos los cirios del ara), si se estropea, llamamos al técnico programador y asistimos reverentes a sus procedimientos de raro vocabulario (el hechicero-exorcista que recita los mantras arcanos)…

Aparece mucha mayor empatía que con la televisión, el anterior tótem, porque la televisión permite muy poca interactividad. El ordenador, al practicar el oficiante en el ritual, produce una gran sensación de pertenencia, de complicidad, de participación en la obtención de resultados. Mayor vínculo emocional.

C. Difusión del portátil. Elemento de transición a la siguiente época. La interacción emocional pasa a ser más estrecha e íntima: rebasa los muros, se mueve con nosotros, nos acompaña.

Ya no es un altar para la casa, para la familia, sino ya para cada individuo. Pasa a ser una deidad personal. La fuente móvil del saber, el ángel de la guarda que va en la maleta.

Época 3. Aproximación.

El móvil-ordenador. El ordenador como elemento corporal. No doméstico ni personal, sino que llevamos encima, en un bolsillo. Fusión radical de muchos conceptos hasta ahora independientes: móvil+agenda+cámara+música+correo+pantalla gráfica+noticias+videollamadas+ocio+GPS+guía de viaje… = Ordenador de bolsillo como prolongación de la mano y del ojo para la vida social y laboral.

No somos “alguien que va a la tecnología”, ni siquiera “que la usa”, sino que “somos con tecnología”. No se puede concebir estar sin móvil-ipad-tablet-smartphone, es más que ir desnudo: es volverse ciego, mudo y sordo. Una rotura es inmediata sustitución, una pérdida es colapso social y laboral. Cambio funcional: el ordenador ya no se apaga nunca.

El ser que todo lo ve y todo lo oye no está ya cerca a nuestra disposición, sino que lo llevamos puesto como nuestras ropas. Ya no es un altar instalado y que vamos a él, al que recurrimos, sino una presencia que forma parte de nosotros, casi cutánea: el conocimiento y contacto global no va ya en una maleta, sino pegado al cuerpo, incluso conectados habitualmente a él con auriculares a la oreja. Lo tenemos todo, y en la punta de los dedos. (apagarlo, por tanto, no se puede concebir). Cambio de punto de vista: no tenemos ya a mano a un dios omnipresente: nosotros somos omnipresentes.

Y, por obvio, dejando al margen las funciones informáticas para la vida doméstica: toda la domótica actual y previsible, el control electrónico programable y a distancia del mantenimiento de la casa: vivir dentro de un ordenador.

Época 4. Asimilación.

Evidentemente, informática fisiológica: gafas-ipad en las que se proyecta la información con desplazamiento de pantalla por movimientos de la pupila, prótesis de piernas electrónicas programables, implantes digitales para ciegos, órganos artificiales, marcapasos sensibles al esfuerzo…

Siendo ya omnipresentes, vamos en camino de ser omnipotentes, con el horizonte inconsciente de ser inmortales (los que lo puedan pagar).

Conclusiones

Esta evolución, ¿cómo debemos valorarla? En principio, para bien, por lo obvio de sus prestaciones, pero sin perder de vista ni un momento dos detalles clave:

1)    Sobre el uso material de las prestaciones físicas: positivo si el usuario mantiene y conserva el control, la toma de decisiones. Que el entorno informático no comience a tomar decisiones contra la voluntad del usuario.

2)    Sobre la facilidad de flujo de información:

a)    Que la conexión-interacción-dependencia sea voluntaria y reversible: me conecto cuando quiero, y siempre puedo desconectarme (dejo en el aire para el lector esta frase, con todas sus connotaciones de adicción).

b)    Que ese permanente “estar conectados” suponga algún beneficio neto, algún intercambio útil de información (como el presente blog). Algo que no siempre se da, pues es conocido el comprensible océano de muchas horas de mensajes en las redes por el universal y relajante placer de charlar de nada.

Teniendo en cuenta todo esto, el camino aún está empezando. Debemos caminarlo, pero comprobando siempre a dónde se dirige, y mirando dónde ponemos los pies.

Fernando Salgado, profesor de maquetación y diseño gráfico en Cálamo&Cran Madrid

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